viernes, 19 de abril de 2013

Crusaders of the Amber Coast (Sesión 7)

Abril de 1235

Los cruzados germanos...
Spidala se removió perezosa en su lecho, que todavía conservaba el calor de Zemvaldis, que acababa de marcharse de allí. Sonrió con satisfacción al recordar la sorpresa del guerrero al descubrir las manchas de sangre sobre las sábanas, sangre brotada de los surcos que las uñas de ella le habían dejado en pecho y espalda durante la noche.

Decidió que mejor ella también debería levantarse, todavía no había salido el sol, y quería estar de regreso en la casa familiar antes de que su padre notara su ausencia. La noche transcurrida en aquella cabaña fuera de los muros de Ascheradan, en la cabaña que su familia conservaba junto al río, había hecho que el riesgo mereciese la pena. Le había prometido a Zemvaldis una recompensa si lograba recuperar la mercancía desaparecida de su padre. Y la noche pasada había comenzado a recompensarle. Pero apenas era el principio.

Su nuevo amante había tenido que salir con prisas, tras despedirse con un último beso, pues debía incorporarse a las tropas que, congregadas cerca de Ascheradan, comenzaban a cruzar el Daugava. Era una tarea complicada, que les llevaría la mayor parte del día, trasladando animales y hombres en las barcazas que deberían realizar varios viajes a lo largo del día, hasta que la expedición, que consistía en unos cincuenta hombres armados y tal vez veinte acompañantes para atender a los animales, las tareas del campamento y cosas así.

Las tropas se habían reunido allí el día anterior. Monjes guerreros llegados de la fortaleza monasterio de Lennewarden, río abajo, acompañados por sus auxiliares germanos y livonios. Además, algunos de los primeros cruzados llegados ese año a tierras bálticas se habían sumado a la incursión. Unos pocos caballeros, acompañados de una chusma variopinta seguían a los Hermanos de la Espada. Esos caballeros tardarían en hacerse ver hoy. La noche anterior habían celebrado un esplendido banquete en el fuerte de Ascheradan, brindado por sus anfitriones, que acostumbraban a agasajar de tal modo a los cruzados que les ayudasen en su lucha continua contra los lituanos.

El objetivo de la expedición se mantenía en secreto, desde luego. La incursión en sí era un secreto a voces. A nadie que fuese algo conocedor de las costumbres de la Hermandad de la Espada se le escapaban las señales: Habían visto la acumulación de comida, en las semanas siguientes a la llegada de la primavera. Eso sólo podía significar una cosa, la preparación de la fortaleza para albergar y alimentar a una hueste mucho más numerosa de lo habitual, cuyo destino estaría en algún lugar al sur, en tierras de los samogitas.

Después de vestirse, Spidala abandonó la cabaña caminando deprisa hacia la entrada de la población. Desde allí podía ver a los hombres que se afanaban en trasladar tropas e impedimenta a la orilla sur. Zemvaldis estaría allí, mezclado entre aquellos soldados llegados de tierras lejanas. No le importaba. Sabía que, si sobrevivía, el guerrero livonio regresaría a ella. Pues Spidala había dejado su marca en él, reclamándole como posesión suya.

***

...combate en la aldea de Korantaila...

Akselis era fuerte, pero ya sentía cansados los brazos, de tantas veces que había recargado su ballesta para disparar contra los paganos lituanos. Se detuvo un instante para recuperar el aliento, ahora que ya no había a la vista ningún guerrero lituano a quien disparar un virote, y miró en torno suyo. A su alrededor todo era una cacofonía de gritos de batalla o de terror, mezclados con numerosos alaridos de dolor. Los habitantes de Korantaila, la población escogida para el asalto por las tropas cruzadas, corría desesperada hacia el fuerte que coronaba la colina en la que se hallaba el pueblo, con los cruzados detrás, matando y saqueando. 

El ataque iba bien. Al despuntar el alba del tercer día tras su salida de Ascheradan, los caballeros habían cargado contra las viviendas extramuros, a la orilla del río que bordeaba la población, para tomar el puente que lo cruzaba y acabar con los guerreros que lo defendían. Mientras, los peones livonios y germanos cargaban ladera arriba hacia la empalizada, buscando la zona menos defendida. Algunos no habían logrado alcanzar la pared de madera, y quedaban ahora tendidos en el suelo, con flechas o venablos alojados en su cuerpo. Pero la mayoría alcanzaron la empalizada, y a pesar de las rocas y las flechas que caían sobre ellos la tomaron al asalto, abriéndose camino entre los defensores, que se replegaban, buscando la protección del fuerte.

Ahora, a pesar de sus intentos por poner disciplina, varios cruzados se dedicaban, en lugar de matar a enemigos de la fe, a saquear sus hogares, buscando cualquier cosa de valor con la que pudiesen hacerse. El propio Heinrich, el jefe de los sargentos germanos, había encomendado a algunos de sus hombres la tarea de buscar toda la plata y el ámbar con el que pudieran hacerse, mientras espoleaba al resto a seguir con el combate. Al propio Akselis no se le había escapado aquello, pero aunque había sido nombrado jefe de los auxiliares livonios, no osaría denunciar al germano ante los Hermanos de la Espada.

Desde la colina, Akselis podía contemplar el campo de batalla casi en su totalidad. Junto a la orilla del río, grandes columnas de humo se alzaban desde los hogares lituanos que, asaltados por los caballeros, eran ahora pasto de las llamas. Los jinetes avanzaban ahora junto a la corriente, para tomar el camino que colina arriba, conducía hacia la entrada principal de Korantaila. Algunos infantes germanos ya se dirigían a las puertas, para dejar vía libre al paso de sus señores.

...contra los guerreros bálticos
Vio a Zemvaldis, con el filo de su hacha cubierto de sangre, acercarse hasta el grupo de auxiliares que, siguiendo las instrucciones recibidas, comenzaban a amontonar las puertas arrancadas de las casas. En ellas apilarían pedazos de madera cortada, para llevarlas así hasta la entrada del fuerte donde las harían prender en llamas. Durante un momento se preguntó cómo le iría al caballero a quien servía Zemvaldis, el joven Adam von Lauterbach. Era uno de los jinetes que combatía junto al puente. La muchacha que no se despegaba de ellos, Tekla, se había quedado en el campamento, justo en el linde del bosque, donde aguardaban quienes tuviesen que atender a los heridos.

Más descansado, Akselis se dispuso a continuar. Iba a gritar algunas órdenes a los suyos cuando se detuvo. Veía como algunos germanos llegaban corriendo, con cara de alarma. Eran de los que habían ido a hacerse con la puerta de la población, y parecía que habían visto algo preocupante. Akselis se persignó, pensando que ya resultaba extraño que todo hubiese ido tan bien hasta el momento.

***

Bien, otra sesión más. En esta ocasión la historia vuelve a ser de cosecha propia. En la campaña los momentos de guerra entre cruzados y lituanos son más bien escasos, a pesar del estado de conflicto permanente que viven ambos bandos, así que decidí que había que cargar un poco más las tintas en ese sentido.

Cuando juego, me gusta que mi personaje sea, más o menos, de los "buenos", y creo que les ocurre lo mismo a los jugadores de esta campaña. Lamentablemente, la situación no permite aquí un tratamiento maniqueo del conflicto. Hay algo de espacio para la maniobra, y los PJ pueden ser gentes mucho más tolerantes y ecuménicas que el habitante medio de la región. Pero incluso con la flexibilidad que creo que deben tener los cultos en la Tierra Alternativa, la fea verdad es que las guerras religiosas son terriblemente crueles. No hay un bando de buenos y malos, sino que existen héroes y villanos en ambos lados, que sólo se diferencian por los cambios que hay en las posiciones de fuerza relativa. Y en esta ocasión los PJ no están defendiendo sus hogares, sino atacando los de sus enemigos. Hubo cierta incomodidad a la hora de llevar a cabo el ataque. Como dijo uno de ellos "Aquí vamos a ser los malos del principio de la película de Conan", y bueno, sí.

La guerra es algo terrible, y uno no siempre tiene la suerte de que los enemigos sean orcos feos y feroces que parece que han nacido con el hacha en la mano, y a los que se puede matar convencido de estar haciendo así un favor al mundo. No es que no me guste sentir que los PJ son verdaderos héroes. Pero de vez en cuando, entre nobles gestas cargadas de épica, viene bien cierta dosis de desagradable realidad.

Por cierto, no sé qué pasa con blogger, que no me deja opción a subir imágenes. A ver si lo puedo arreglar.

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