jueves, 4 de abril de 2013

Crusaders of the Amber Coast (Sesión 5)

Marzo de 1235


-¿Más cerveza, Lord Aizkrauklis?

Al principio, el hombre no dio señales de haber oído al sirviente. Finalmente, cuando el criado se disponía a repetir la pregunta, el antiguo señor de Aizkraukle negó con la cabeza.

-Retírate.
-Sí, mi señor. 

El sirviente se marchó, dejando a su amo solo en el salón de su hogar. El lugar estaba desierto, pues esa noche el Taksis Aizkrauklis no deseaba la compañía de sus hombres de armas, que normalmente le aliviaba, al menos un poco, de su pesar. Ni siquiera Spidala, su amada hija, había cenado con él aquella ocasión.

Se estaba haciendo mayor y lo sabía. Antaño había sido un guerrero vigoroso, un digno líder de hombres. Pero eso había sido hace mucho tiempo. Ahora sentía el frío con mucha más fuerza que antes, y el cuerpo le dolía terriblemente cuando se tenía que levantar por la noche para ir a mear, lo que hacía varias veces cada noche. Todavía se sentía capaz de empuñar un hacha, si llegaba la ocasión, pero incluso eso le resultaría pronto imposible. Tal vez un par de años más de vitalidad, pensó con triste resignación. Luego, sólo le quedaría esperar postrado a que se lo llevara la muerte, incapaz de valerse solo. Tal vez incluso senil, si los dioses eran lo bastante crueles.

Si al menos le quedara el consuelo de saber que uno de sus hijos heredaría sus riquezas y su posición… Pero no, hasta eso se lo habían arrebatado los invasores germanos. Tomaron su fuerte, dando muerte a sus guerreros, dando muerte a sus hijos. Taksis había consentido en rendir la fortaleza, entregando tierras a los caballeros, renunciando al gobierno de la región. Incluso consintió en aceptar el bautismo cristiano, insultando así a los dioses de sus padres.

Todo por su hija, Spidala. Era la única familia que le restaba, y quería protegerla a toda costa. Si fuese posible, le gustaría verla casada con un poderoso señor livonio antes de morir. Alguien que devolviese a su familia el poder que habían ostentado durante generaciones.

Odiaba a los Hermanos de la Espada con toda su alma. Su presencia emponzoñaba las tierras de sus antepasados. Pero no podía hacer nada para evitarlo. A regañadientes, había tenido que aceptar que los monjes guerreros eran una fuerza poderosa, a la que no cabía oposición desde las tribus livonias. Dioses, como les odiaba.

Haber tenido que recurrir a ellos hacía que la boca le supiese a hiel. Pero sus propios hombres no osarían afrontar la tarea. No se adentrarían en la pequeña isla del Daugava en la que habían avistado una de las barcazas de Aizkrauklis, desaparecida días antes. La barcaza debía regresar hasta Aizkraukle cargada con las pieles capturadas durante el invierno por los tramperos que comerciaban con Taksis. Y los hombres enviados para recuperarla no se habían atrevido a acercarse hasta la isla, temerosos de lo que se contaban sobre ese lugar. Frecuentado por malos espíritus, decían. O cosas peores.

Antaño, tal vez la lealtad de sus guerreros les habría empujado a emprender el trabajo. Ahora, ya no. No servían al señor de una fortaleza, sino a un simple propietario enriquecido, poco más que un mercader adinerado. A un hombre así no se le respetaba gran cosa. De modo que tuvo que acudir a los caballeros, antes de sufrir la humillación de ver como sus guerreros se negaban a obedecer una orden suya.

Wilfred von Bremen, el komtur de Aizkraukle, había encargado la tarea al monje más joven, Adam. Taksis se sentiría insultado si no fuese por haber visto, con sus propios ojos, la destreza del caballero en combate. Meses atrás había derrotado al cruzado danés que llegó hasta su casa pretendiendo la mano de su hija. Era un buen luchador, y no parecía despreciar a los livonios como lo hacían otros de los suyos. No mucho tiempo atrás, había pedido ayuda a Taksis. Adam buscaba al asesino de su hermano, también monje guerrero, muerto unos años atrás. Seguramente había tomado los votos por eso, suponía.

Lo peor de todo era que no podía obligarse a odiar al muchacho de la misma forma en que odiaba a los demás. Quizá era por la forma en que trataba a su gente, con respeto. Como un buen señor debe hacer. Quizá era porque le recordaba a sus hijos ya caídos.

-Padre ¿Qué hacéis aquí, a solas? –Se trataba de Spidala, llegada a su lado sin que Taksis se diese cuenta- Es tarde, y el frío todavía es fuerte. Deberíais ir a dormir.

Sonrió a su hija, que le devolvió el gesto de forma encantadora- ¿Todavía despierta, Spidala? Mañana tienes un largo camino, si has de revisar las granjas más apartadas, allá en Askere.

-Sí, padre, así es. Pero no querría irme a dormir sin asegurarme antes de que descansáis tranquilo en vuestra cámara. Vamos, tomad mi brazo. Os acompañaré.

Taksis se levantó con un pequeño esfuerzo, acompañando a su hija. Todavía le quedaba algo por lo que vivir, después de todo.
 
***

En el lecho del Río Daugava hay un palacio. Bueno, está en el lecho del río, y a la vez en otro mundo. Es un poco difícil de explicar, hay que limitarse a aceptar que así es.

El palacio está hecho de materiales realmente valiosos. Toda su superficie se encuentra adornada con grandes joyas de ámbar. Pero ninguna es tan grande como el trono que hay en su salón, un trono de ámbar, oro y magia. El trono de Staburadze.

Juras Mate gobierna las aguas en las tierras bálticas. La salada del mar, la dulce de los ríos, y también las lagunas. Pero no el Daugava, que es provincia, poder y cuerpo de Staburadze. 

La suya es una belleza que sólo unos pocos poetas han podido atisbar en sus sueños, desesperados después por ser incapaces de reflejarla fielmente con sus palabras. Porque es una belleza que no despierta lujuria, ni siquiera amor. Contemplar a Staburadze significa caer en la veneración religiosa.
Pero la Dama del Daugava estaba preocupada. Algo había invadido su dominio, ocupando una de las islas que aquí y allá marcaban el curso de las aguas. Algo malvado, que deseaba hundir una cuña en el río, con propósitos que no podían traer sino desgracia para todos. Tres hombres habían muerto ya, la tripulación de una barcaza que, cayendo ante la seducción de una mujer que no era sino sólo mediamujer. Habían desembarcado en la isla y allí habían tenido un horrendo destino, que no se detuvo con su muerte. 

Staburadze sabía del altar que existía en la isla. Un lugar en el que adorar a los Poderes Oscuros, abandonado y solitario desde hacía tiempo. Hasta que recientemente, alguien había despertado la antigua y terrible magia que dormía en aquellas piedras. Ahora, la Dama del Daigava, sólo podía asegurarse de que nadie más llegase hasta la isla, impidiendo así que más víctimas sacrificiales fortaleciesen el altar. Pero también sabía que eso sólo lo retrasaría, no acabaría con el problema.

No había querido mostrarse aún ante Tekla y Adam, pero no había tenido otro remedio. Estaban decididos a llegar hasta la isla, en busca de la barcaza y la tripulación perdida, acompañados por el livonio Zemvaldis. Así que Staburadze se apareció ante ellos, saliendo de las aguas del río, pero sin perder contacto con su superficie.

Tras recuperarse de la impresión, los tres mortales decidieron hablar con ella. Estaban decididos, incluso después de saber de la maldad que allí aguardaba. Staburadze decidió arriesgarse con esta oportunidad. Les ayudaría a cruzar, les dijo, y todo el apoyo que pudiese proporcionarles, si ellos juraban no permitir ser capturados por los moradores de la isla. Aunque tuviesen que tomar sus propias vidas para impedir esa circunstancia.

Sólo después de haber jurado, Staburadze les dio su bendición, dándoles la bienvenida al Daugava, que no les negaría el aliento ni estando cubiertos por completo por sus aguas. Uno de sus siervos les llevó sobre su escamoso lomo a través del río, hasta la isla, equipados con el mazo de piedra que la Dama les entregó para usar contra el altar tenebroso.

Una vez tuviesen sus dos pies sobre la tierra de la isla, Staburadze no podría sino aguardar, pues su poder no podía alcanzar aquel lugar. Y eso hacía, esperar. Mucho podía perderse si ellos caían, pero no había tenido otro remedio. No se había atrevido a contarle a Adam el significado de sus sueños, esos que lo atormentaban desde la muerte de su hermano. Los sueños en los que la propia Staburadze primero, y Tekla después, se aparecían ante el caballero, sobre la superficie de un Daugava tinto en sangre. Si Staburadze hablaba más de lo necesario, se podrían desencadenar acontecimientos que nadie, tal vez ni siquiera el Viejo Capagrís, podía preveer.

Ahora debía esperar. De una forma o de otra, todo se resolvería pronto.

***
Bueno, después de una semana sin jugar, debido a todo el tema de fiestas de Semana Santa y esas cosas, hemos retomado la campaña. Lamentablemente ha sido una sesión más corta de lo normal, pues uno de los jugadores debía retirarse antes de tiempo. Así que decidimos dejarlo en el momento en que el grupo llegaba a la isla y decidía internarse en su interior, en un intento de averiguar lo que ha ocurrido realmente allí y cómo detener el mal del que Staburadze les ha advertido. Pero eso tendrá que esperar a la próxima sesión. 

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