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Francesco y Salvatore, en cabeza del grupo, se preparan. Salvatore abre la puerta dejando vía libre a su hermano para que entre espada en mano. En el interior de la cámara, de forma casi rectangular y con varias puertas dispuestas en las cuatro paredes, hay tres más de estos seres, que se giran siseando cuando la puerta se abre y la luz se abre camino entre las tinieblas subterráneas de la sala. Conteniendo las nauseas, Francesco comienza a intercambiar golpes y estocadas contra un adversario armado con un hacha y un escudo de piel. Salvatore se lanza a la carrera y ataca con su sable a otro de los monstruos, mientras un tercero carga a su vez contra él, armado con una lanza larga.
Los demás compañeros del Faro Errante tratan de entrar, pero la lucha entre Francesco y su adversario dificulta el avance más allá del umbral de la puerta, y apenas pueden pasar de uno en uno. Orabella se lanza contra los monstruos que atacan a su amado mientras que Glissando comienza a ayudar a Francesco valiéndose de su espada ropera. Finalmente la tripulación se impone merced a su superioridad numérica y a la habilidad combativa de sus líderes.
Una vez los tres monstruos han quedado muertos sobre el suelo de piedra y los humanos victoriosos recuperan el aliento, observan la sala con más detenimiento. Parece que ninguna de las puertas presenta dificultades para atravesarla, excepto una, la que se encuentra en la esquina truncada suroeste y que está trabada por piedras y troncos -probablemente madera de deriva- desde este lado, como si se quisiera impedir que algo la atravesara desde el otro. Por el momento deciden no tocar toda esa barricada. Por lo demás, hay señales de que esta sala se emplea de continuo, con restos de comida -huesos roídos-, y los extraordinariamente apestosos excrementos de las criaturas reptil.
Tratando de seguir las instrucciones de la entidad que se puso en contacto con ellos, se decantan por la puerta que se encuentra en la pared norte de la cámara. Ésta da lugar a un pasillo que sigue la misma dirección aunque con algo de zigzagueo. Pero después de haber recorrido cerca de una veintena de metros, los agudos sentidos de Salvatore le revelan señales de la presencia de más de estas criaturas, los sonidos y sobre todo, el hedor que desprenden las delata. Paran la marcha y cubren las fuentes de luz que portan. Salvatore se acerca sigilosamente y descubre que el pasillo termina en un cruce en T, con la pared opuesta al lado donde desemboca el pasillo que está siguiendo hundida hasta formar una especie de nicho o espacio abierto. Allí hay dos monstruos reptil más, claramente montando guardia, pero sin demasiada disciplina ni empeño en ello. Parecen atender sobre todo al este.
El piloto del Faro Errante retrocede hasta volver con sus compañeros y les explica la situación. Deciden atacar sorpresivamente a las criaturas lagarto, confiando en la magia de Glissando para darles un buen susto y que queden paralizadas el tiempo suficiente como para rodearlas y no darles oportunidad de correr ni dar la alarma. Dejando atrás a los heridos, aquellos que formarán parte del ataque se adelantan con el menor ruido del que son capaces.
Glissando realiza su magia, esta vez sin una interpretación musical que la mejore, para limitar el ruido en lo posible. Uno de los monstruos queda afectado por el conjuro y se paraliza presa del súbito susto que ha sufrido. Pero la obtusa mente del otro reptil se sacude la magia de encima. Y para empeorar las cosas, la criatura es rápida de reflejos y, antes de que Francesco y Salvatore puedan alcanzarla saliendo del pasillo, el monstruo sale corriendo por el pasillo que va en dirección oeste, haciendo ruidos de chasquidos y fuertes siseos.
Hay unos instantes de silencio, y después una cacofonía de sonidos en respuesta, como si una multitud de estas criaturas se hubiesen puesto furiosas de repente -probablemente es lo que ha sucedido-. Los tripulantes del Faro Errante no se lo piensan dos veces. Francesco da la orden de retirada y todos se internan de nuevo en el pasillo por el que vinieron. Tras ellos prosiguen los ruidos de los monstruos en pie de guerra.
Junto con los heridos que les aguardaban, todos regresan hasta la cámara rectangular. A la desesperada, Francesco y Salvatore deciden probar suerte con lo que haya al otro lado de la puerta atrancada. Todos los presentes comienzan a retirar rápidamente maderos y piedras hasta despejar la puerta, que abren. Al otro lado hay un pasadizo, que siguen todo lo rápido que pueden, los sonidos de sus perseguidores cada vez más cercanos.
El pasillo se mueve en dirección suroeste, pero tras un tramo gira hacia el sur. Después de unos diez pasos más desemboca en una pequeña cámara, en la que apenas caben todos los miembros de la expedición. La única otra salida visible de la cámara la forman unas enormes puertas dobles de bronce verdeado ya por el paso del tiempo. A instancias de sus compañeros, Larinera trata de discernir la presencia de algún mecanismo oculto que permita abrir la puerta -que no muestra cerradura alguna-, pero se encuentra muy mareada por el golpe recibido en la cabeza y no descubre nada. Cuando intentan abrirla a la fuerza es como si tratasen de atravesar la pared. Los perseguidores resuenan cada vez más cerca. Alguno de los marineros comienza a entrar en pánico.
Pero no Francesco y Salvatore, quienes se disponen a bloquear la entrada del pasillo. Orabella y Luca aguardan detrás suyo, listos para tomar el relevo si alguno de los Corso cae herido o comienza a sentir los efectos del agotamiento. Armas en mano aguardan el embate de los seres reptil.
Y estos llegan como una marea de escamas y dientes, pero también con sus armas primitivas aunque no por ello menos peligrosas. Los Corso aguantan la embestida mientras comienzan a tajar y pinchar con sus propias hojas. Salvatore clava profundamente su sable en uno de sus atacantes, quien retrocede herido entre sus compañeros mientras trata de extraer el filo que le sobresale del pecho. Francesco raja las piernas de otro de los monstruos mientras su hermano echa mano a la hachuela que porta al cinto. Los monstruos avanzan pisando los cuerpos de sus compañeros caídos en un frenesí de rabia.
Pero ni toda la furia de la horda puede hacer retroceder a los dos hermanos. Pronto los cuerpos caídos comienzan a amontonarse a sus pies. Los reptiles, una vez frenado su avance y acumulando cada vez más bajas, parecen perder su ímpetu inicial y retroceden, internándose en la oscuridad del pasillo. Salvatore se limpia con el dorso de la mano el sudor y la sangre que cubren su rostro mientras que Francesco se dirige hacia sus compañeros. Tras recuperar el aliento y beber largos tragos de agua, les arenga para que recuperen el valor. Sus palabras, o los actos que acaba de acometer infunden nuevas dosis de coraje en sus hombres, que recuperan el temple. Aunque siguen atrapados en una ratonera, sin forma de abrir la puerta que les permitiría alejarse de allí, y con una cantidad indeterminada pero numerosa de monstruos reptil aguardando la oportunidad de matarles a todos.
Transcurre un rato, mayormente en silencio. Todos están muy tensos, la búsqueda por las paredes de alguna salida oculta no ha dado ningún resultado y no saben muy bien que hacer.
Y entonces detectan el fuerte olor a humo.
Volutas oscuras están comenzando a entrar en la cámara desde la entrada. Prestando atención, oyen el rugido de las llamas. Parece que los lagartos han encendido un fuego y están aventando en la dirección de los intrusos. Por el momento no es apenas una leve molestia, pero en cuestión de poco tiempo el humo podría asfixiar a todos. El miedo vuelve a aparecer en los rostros de los marineros, que miran desesperados a un lado y otro con ojos desorbitados.
Francesco no se lo piensa dos veces, mejor atacar ahora que todavía pueden respirar que aguardar a tener que luchar ahogados por el humo. Los tripulantes se ponen tras los hermanos Corso, decididos a una carga desesperada para abrirse camino entre sus atacantes. Armado solo con una hachuela, Salvatore no se siente bien armado. Rebusca entre los cadáveres de los seres reptil hasta quedarse con una larga lanza a dos manos, con la punta de piedra afilada y muy aguzada, que opina le será de utilidad en esta ocasión.
Con su capitán en cabeza, cubriéndose con el escudo que tan diestramente maneja, el grupo avanza por el pasillo al norte y entonces giran en dirección noreste. Y allí encuentran el fuego, una enorme hoguera cuyas llamas alcanzan casi dos metros de altura. Al otro lado se entrevé a dos hombres lagarto, utilizando unas mantas o pieles para abanicar las llamas en la dirección de los humanos.
Los Corso corren y saltan atravesando las llamas, sus armas por delante. Francesco embiste con su escudo a uno de los seres lagarto, que cae hacia atrás mientras el capitán deja de prestarle atención para dar un tajo con su espada al monstruo que había más allá del caído. Por su parte, Salvatore salta haciendo caer a otro monstruo lagarto con la punta de su lanza, manteniendo a raya al siguiente gracias a la longitud del arma. Pero los caídos están lejos de ser inofensivos, tratando de morder con sus fauces las piernas de los dos humanos. Y las llamas rugen justo a sus espaldas.
Comienzan a intercambiar golpes, pero luchan contra demasiados y tras el impulso inicial les cuesta abrirse camino y despejar espacio para que más de sus compañeros puedan pasar.
Entonces, uno de los seres lagarto supera la guardia de la lanza que blande Salvatore y le embiste con su escudo. Mucho más pequeño y débil que su atacante, el piloto del Faro Errante no puede impedir caer de lleno sobre las llamas, que de inmediato le cubren casi por completo. Gritando alarmados, Orabella y uno de los marinos, que aguardaban detrás para poder pasar en cuanto hubiese espacio, tiran de Salvatore para ponerle a salvo.
Francesco, por su parte, se encuentra desbordado, luchando en solitario contra cuatro adversarios. Por el momento su maestría con el escudo y su armadura le mantienen a salvo de sufrir alguna herida de consideración, pero sabe que no podrá aguantar así más que por unos pocos instantes.
La ayuda llega en la forma de una enfurecida Orabella, que salta a su lado mientras golpea con rabia a uno de los monstruos, haciéndole caer con la cabeza casi partida en dos.
Con la ayuda de la condottiera, el capitán del Faro Errante puede contraatacar por fin. Y ahora sí, ambos comienzan a abrir una senda de sangre entre sus enemigos. Cuando cuatro ó cinco seres lagarto yacen a sus pies, el resto retrocede abandonando el pasillo.
Valiéndose de las armas de los muertos, Francesco y Orabella comienzan a esparcir las maderas que alimentan las llamas, convirtiendo el gran fuego en una serie de hogueras de mucho menor tamaño y dejando espacio para que pasen sus compañeros. Y entonces descubren el estado en que ha quedado Salvatore.
El hermano de Francesco y amado de Orabella está casi totalmente abrasado. La piel ennegrecida y quebradiza en uno de sus brazos y una pierna, tan horriblemente quemados que probablemente no pueda volver a utilizarlos. No tan extremas, pero también de gran consideración, son las quemaduras que ha sufrido en el pecho y abdomen. Su rostro se salvó del fuego, por lo menos.
Conteniendo las lágrimas, Francesco toma una de las mantas de piel con la que los hombres lagarto aventaban el fuego. Con cuidado, ponen a Salvatore sobre ella, y después la alzan para transportar al herido, tarea de la que se encargan los marineros. Apretando los dientes y el puño con el que aferra la espada, el capitán, con Orabella al costado, comienza a avanzar, deseando que algunos enemigos más se interpongan en su camino, para poder dar rienda suelta a su rabia y frustración.
Pero por suerte, la cámara rectangular está vacía. Sorprendidos al principio por no encontrar aquí más oposición en un lugar que habría sido muy desventajoso para ellos, pronto comienzan a recontar todos los seres lagarto que han matado desde que entraron. Quizá han sido tantos que han quebrantado su moral y les han hecho perder su espíritu de lucha. Esperando que esa sea la respuesta correcta, Francesco dirige al grupo en una ruta que desanda el camino tomado hasta el momento. Salen por la puerta de la pared este, prosiguen por el pasillo hasta alcanzar lo que parecía un jardín seco y desde allí van al norte, hasta la puerta que da acceso a la gran cámara de entrada.
No encuetran nada que obstaculice su camino.
Suben por las escaleras y, una vez en el exterior, se mueven hasta donde el Faro Errante se encuentra fondeado, intentando no aumentar la agonía de Salvatore con las sacudidas. Una vez a bordo del barco Sovrana se pone de inmediato a trabajar en las espantosas heridas que ha sufrido el piloto, mientras los marineros se apartan horrorizados. Llevan a Salvatore al camarote del capitán y allí la sanadora empieza a raspar el tejido muerto y carbonizado mientras aplica todo tipo de ungüentos a las zonas quemadas. Su magia es del todo insuficiente, pero en Kos-Uru hay sacerdotes que podrían atender las quemaduras. Si se le atiende lo bastante rápido, quizá incluso podría conservar el brazo y la pierna abrasados, explica a Salvatore, Oraballa y Glissando, muy cansada, después de horas atendiendo las heridas de Salvatore.
El capitán del Faro Errante no lo piensa dos veces. Ordena levar anclas y poner rumbo a Kos-Uru de inmediato, dejando a popa el infame islote de Dagatama.
***
De verdad de la buena que en la mazmorra había algo más que puestos de guardia de los trogloditas. Pero se apañaron para no entrar en ninguna de esas localizaciones. De haber contado con más suerte a la hora de acabar con los dos centinelas, es posible que la situación hubiese sido muy diferente. Eso les habría dado la oportunidad de sorprender a los trogloditas en la sala que compartía la mayor parte de la tribu, y acabar con muchos de ellos antes de que el resto pudiese reaccionar. Pero la suerte no les acompañó, y las cosas fueron como fueron.
Aun en la derrota -entendiendo como tal nada más que el no haber podido completar la mazmorra ni hacerse con las riquezas que allí hay- el grupo tuvo unos momentos memorables por lo emocionante. Atrapados en un callejón sin salida, asediados por los monstruos, con una salida a la desesperada, literalmente saltando a través del fuego. De esos momentos que te mantienen sentado en el borde de la silla, como se suele decir.
Lo de Salvatore fue una pena, pero al menos no será una desgracia permanente. El PJ no murió -podría haberlo hecho- así que tendrá oportunidad de recuperarse para luchar otro día. Eso sí, queda registrado oficialmente que su jugador es el "pupas" de la campaña. Y es que tuvo mala suerte. Cuando hice la tirada para las localizaciones afectadas (1d4+1) el resultado fue cinco. Al tirar el daño (2d6) el resultado fue doce. Al menos no le tocó en la cabeza, seguramente el PJ no habría sobrevivido.

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