sábado, 1 de agosto de 2026

Entre dos fuegos, de Christopher Buehlman


El verano es una buena y mala época para la lectura. Según dónde y cómo, muchos tienen a su alcance tiempo y tranquilidad, bienes muy codiciados, necesarios para disfrutar de una buena lectura. Por otro lado, el calor propio de la estación -y no digamos ya el calor abrasador y extremo que nos azota cada vez más y durante más tiempo en el período estival- no invita a lecturas complejas que exijan toda la atención del lector. A menudo es preferible un libro que se te haga más llevadero a medida que transcurren las páginas y las horas, pero que luego te pueda dejar pensando, dándole vueltas a algunas cosas para tratar de desentrañar, o quizá interpretar a tu propio modo, las partes implícitas pero no explicadas de la historia (me revientan las sobreexplicaciones) que un buen escritor mantiene así para dejar algún espacio para el misterio.

Así que ahora pasamos a Christopher Buehlman. Este autor parece haberse dedicado sobre todo al género de terror, con alguna incursión más reciente en la fantasía, o en la fantasía cruzada con el terror, como es este caso. Yo me encontré con él por primera vez con la lectura de Él ladrón de lengua negra, novela publicada por Gamón, y que me gustó sobremanera, incluso tratándose de una novela de fantasía moderna, con sus elementos sobrenaturales que a veces rozan la banalización y su mirada cínica a los personajes y al mundo en el que viven. En fin, el caso es que me pareció muy buena y espero que Gamón termine de publicar la trilogía que da comienzo con El ladrón de lengua negra. Veremos.

Oz editorial publicó este año Entre dos fuegos, una novela bastante anterior de Buehlman, creo que la primera, salida originalmente en 2012. Y para empezar, si te gusta el juego de rol Aquelarre, esta es una novela de Aquelarre, o lo más cerca con lo que me he encontrado. Sobre todo cuando por Aquelarre pensamos en aquellas campañas apocalíptica al estilo Rerum Demoni que tanto se han prodigado en este juego.

Para los demás, la historia se sitúa en la Francia de 1348, que es el año de la Peste Negra. El paisaje se convierte en un lugar desolado, zonas rurales llenas de casas vacías, u ocupadas sólo por cadáveres. Miedo, desconfianza, incluso resignación ante una muerte que se intuye inevitable. No es de sorprender que las gentes que sufrieron aquello pudieran pensar que se encontraban ante el fin del mundo.

Excepto que en la novela ese es, efectivamente, el caso. O lo será si los planes de los señores del infierno, que son quienes han orquestado esto, salen adelante. Dios ha desaparecido, los arcángeles están un poco a contrapié, es la oportunidad de tomar venganza, asaltar los cielos y destruir la Tierra.

Thomas fue un plebeyo que obtuvo la dignidad de caballero para luego perderla más adelante y unirse a una banda de salteadores de caminos. Es el improbable -¿acaso no lo son casi siempre?- héroe que, tras encontrarse con Delphine (el nombre es una pista), una niña que oye voces, intentará, a su pesar, poner fin al plan demoníaco. Las voces le cuentan a Delphine cosas sobre lo que ocurre, y sobre cómo debe actuar para intentar acabar con el apocalipsis. Juntos, el caballero y la niña emprenderán un largo camino.

La historia es de un carácter episódico, algo lógico cuando la mayor parte se desarrolla durante los viajes desde un punto a otro. Pero la trama se va desplegando a medida que transcurre el viaje, no hay una sensación de estar todo compartimentado. Hay mucho horror y casquería, pero también mucho sentido del humor. La prosa es rápida, sencilla, directa. El tipo de lectura con la que puedes avanzar página tras página durante un buen rato y sin apenas darte cuenta.

Pero no es un best-seller hecho con plantilla. Lo que se va descubriendo, o intuyendo a lo largo de la novela va dejando poso. No para darle vueltas durante la lectura, sino para asimilarlo después, para extraer un sentido y unas conclusiones a lo que el autor no quiere, o no se atreve, a poner negro sobre blanco.

Y aun sin eso, sigues teniendo una muy buena novela de aventuras y Fantasía Oscura, que te puede dejar más de una buena tarde de verano leyendo (si la marea de calor lo permite).

Se nota que es una primera novela, sobre todo por la estructura episódico que mencionaba antes. La posterior El ladrón de lengua negra, que sigue una dinámica similar, lo hace de un modo mucho más pulido, valiéndose de personaje secundarios con los que se transita de una parte a otra de la novela sin que así apenas nos demos cuenta de lo que el auto está haciendo en realidad. Aquí esa parte no está tan cuidada. Pero eso no dificulta en ningún caso el disfrute de la historia, sobre todo si lo que se busca es algo sencillo, al menos en apariencia, pero mucho mejor escrito que la novela media de franquicia.