Podría decirse que la campaña dio comienzo con esta sesión. Tras un prólogo iniciado con un in media res, esta sesión resultó mucho menos movida en lo que se refiere a combates y similares. Presentación de algunos de los PNJ más importantes, del gancho inicial con el que todo comenzará a moverse y, sobre todo, del nuevo PJ que se unió a la campaña. Todo con varias y buenas oportunidades para la interpretación de los personajes. Tengo un muy buen recuerdo de la ocasión, y creo -y espero- que a los jugadores les gustó el tipo de elementos con los que se iban encontrando. Escribo estas entradas con más o menos una docena de sesiones por detrás de lo que llevamos jugado. Al menos por ahora la cosa sigue saliendo bien. Mejor que en bastante tiempo, que mis dos últimas campañas tuvieron un resultado final no muy satisfactorio. Que siga así.
***
Unos cuantos días más tarde, y ya repuestos de sus heridas, los hermanos Corso divisan Altoranova, su ciudad natal, desde la borda del Faro Errante. Es la antigua capital del Reino Aliado de Eiralia, una ciudad antigua y con mucha historia, visible en las ruinas y los monumentos que la salpican, tanto dentro de la propia urbe como en la región aledaña. Durante las últimas generaciones ha recuperado parte de su antiguo esplendor, después de mucho tiempo casi despoblada y convertida en una gran ruina de la que solo seguía habitada una pequeña parte. Tras la fundación de la Liga de las Siete Dagas, de la que Altoranova forma parte, la ciudad ha experimentado un periodo de gran prosperidad.
Tras remontar el estuario y llegar a los muelles de la ciudad. Francesco y Salvatore tratan con uno de los oficiales de la capitanía del puerto, que no es el acostumbrado a realizar las inspecciones en esta parte de los muelles. Le han trasladado, responde sin más el nuevo oficial cuando le preguntan al respecto. Todo parece estar de acuerdo con el manifiesto de carga, el oficial les expende un documento con la cantidad del pago a realizar antes de retirar la carga. Los dos hermanos se dirigen entonces al almacén que su padre tiene alquilado en el puerto, pero descubren que el lugar se encuentra cerrado, sin nadie del personal habitual a la vista. Al preguntar a alguno de los trabajadores en los almacenes cercanos no reciben ninguna respuesta concreta, pero sí la sensación de que algo muy malo ha ocurrido durante su ausencia.
Ambos se dirigen rápidamente hacia el hogar familiar, una pequeña villa donde viven de forma acomodada. Al entrar en el jardín interior, oyen el triste tañido de un laúd, que reconocen de inmediato como el de Glissendo Arpegio, su amigo de la infancia y a menudo enrolado como carpintero en alguna de las tripulaciones de su padre, quien está tocando su instrumento, sentado junto a la fuente que ayuda a refrescar el ambiente durante el calor del día. Su padre, un luthier, le enseñó el oficio de trabajar la madera antes de perecer víctima de su afición al juego y la bebida, tras lo cual Falbriano Corso le acogió como si fuese uno más de sus hijos. Le saludan y comienzan a hablar con él, que les mira un poco azorado y desconcertado hasta que se abre una de las puertas de la casa y de allí surge la madre de ambos, Palmeria. Porta un manto sobre la cabeza, señal de duelo habitual entre los eiralios. La mirada de sus ojos es todo lo que necesitan los dos hermanos Corso para confirmar que su padre, Falbriano, ha muerto.
Poco después, en torno a una mesa y mientras comen algo, Palmeria y Glissendo les cuentan lo sucedido. Unos días atrás Falbriano salió para atender algún asunto de negocios. Unas horas después algunos hombres trajeron su cuerpo ensangrentado. Al parecer, mientras regresaba a su hogar, se topó con una pelea entre borrachos. Antes de que nadie pudiera reaccionar, salieron a relucir las dagas y los borrachos empezaron a luchar en serio. De repente Falbriano cayó al suelo sangrando en abundancia. Los pendencieros huyeron al ver esto, dejando el cuerpo tendido y sin vida del viejo mercader y capitán de barco.
Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, es lo que contaron los guardias, que resolvieron que el pobre Falbriano tuvo la desgracia de hallarse en el lugar equivocado en el momento erróneo. Francesco y Salvatore se enfurecen, pensando que la historia parece demasiado clara y demasiado simple.
Eso es algo en lo que también insiste Orabella Furio, amada de Salvatore y que llega poco después a la casa, casi a la vez que Taideo, hermano menor de Falbriano. En los últimos años Taideo se había distanciado de su hermano mayor, quien no le había dado los puestos de responsabilidad que deseaba -Falbriano siempre les dijo a sus hijos que Taideo era el mejor contramaestre que conocía, pero que sería un pésimo capitán, lo que frustraba a su hermano menor-, pero dadas las circunstancias ha acudido junto a su familia.
Orabella, que es una mujer de sangre caliente y pronta a las pendencias -y hábil con las armas-, exige venganza a Salvatore por la muerte de Falbriano, algo en lo que Palmeria no parece estar interesada. La madre de los Corso les cuenta otra historia, ahora que ellos son los nuevos encargados de llevar el negocio familiar. Y es que Bruneberto Godaria, antiguo patrón de Falbriano antes de que éste se instalase por su cuenta, y uno de los mercaderes más importantes de la ciudad, vino a hacerle una visita recientemente; quiere adquirir todo el patrimonio de Falbriano, “por la amistad que nos unió en el pasado, y para ayudar a su familia en estos momentos de tribulación”, según dijo. Palmeria le respondió que habrían de ser sus hijos quienes decidiesen.
También les cuenta que su padre no terminó en buenas relaciones con Bruneberto. Falbriano logró la fortuna con la que pudo comprar un barco y comenzar su propio negocio años atrás, antes de casarse con Palmeria. Entonces trabajaba para Godoria como capitán en las naves del mercader, y en uno de sus viajes, al sur de Calamain y cerca de las costas del Ducado de Travalón en Lamotridac, fue sorprendido por una terrible tormenta, la peor que jamás hubiese visto antes o después, contó mucho más tarde a su esposa. La tormenta le empujó hacia el este, al interior del océano, por espacio de dos días. Cuando por fin amainó, el barco había quedado maltrecho, pero Falbriano confiaba en poder alcanzar la costa lamotridense a tiempo.
El segundo día de travesía, sin embargo, avistaron un barco. Se trataba de una nave de aspecto similar a los birremes menipos -pero no idéntica-, lo cuál resultaba extraño, puesto que una embarcación así no resulta nada apropiada para esas aguas. Estaba desarbolada y parecía ir a la deriva, así que Falbriano decidió enviar una chalupa con él mismo a bordo, para inspeccionar el barco y ver si había supervivientes a los que poder socorrer. Así era vuestro padre, añade Palmeria.
Una vez a bordo, descubrió que no había nadie con vida allí, aunque los pocos cadáveres no debían de llevar en ese estado mucho tiempo. Registrando el barco, descubrieron una gran fortuna en joyas y oro. Entonces Falbriano hizo una propuesta a los hombres que le acompañaban; repartir el tesoro entre ellos en secreto, porque si las noticias de la existencia del mismo llegaban a oídos de Bruneberto, su patrón, sin duda haría una reclamación sobre las riquezas, como beneficio del viaje, dejando sin nada a la tripulación.
Cuando finalmente el barco que capitaneaba Falbriano llegó a la costa eiralia, el capitán renunció a su cargo, comprando poco después una nave propia que fue tripulada por varios de los mejores marineros que habían servido bajo sus órdenes y organizando sus propias empresas mercantiles. A Bruneberto no debió de gustarlo mucho esto, finaliza Palmeria. El amuleto que colgaba del cuello de Francesco, arrebatado por el capitán Yedafa, por cierto (y que representa a una mujer rodeada por un nimbo de llamas), formaba parte de este hallazgo. Algunas de esas piezas, como el amuleto, estaban hechas de un metal con un aspecto parecido al cobre, pero mucho más resistente. Al menos tanto como el acero.
Tras un baño y un cambio de vestimenta, los dos hermanos Corso se dirigen al cementerio en el que se encuentra sepultado su padre, para despedirse de su progenitor. El semblante serio de Francesco, de rabia apenas contenida, presagia la venganza que desea tomarse sobre los responsables.
Al día siguiente, los Corso se encuentran con algunas malas noticias. Al ir a pagar el impuesto por la entrada de mercancías en la ciudad encuentran que el oficial del puerto les presenta documentos que, según él, acreditan la deuda que su padre tenía con la ciudad, debiendo una considerable cantidad. Hasta que no la abonen, no podrán sacar del barco su carga de algodón ukapto, ni tampoco zarpar con la nave.
De vuelta en casa, Salvatore registra el despacho de su padre, buscando documentos que acrediten los pagos. Lo que encuentra son los diarios de ruta y las cartas de navegación realizadas por Falbriano, quien siempre abrigó la creencia de que la extraña nave debía de provenir de alguna tierra situada al este de Eiralis, más allá del océano. Salvatore lee los diarios y examina las cartas, recordando su niñez, cuando su padre comenzó a enseñarle a dibujar mapas y establecer rutas. Por lo visto, Falbriano no llegó a intentar nunca la travesía debido primero a su esposa, y después a sus hijos. Era demasiado arriesgado y no quería dejarles solos. Más adelante, sencillamente, se veía demasiado mayor para la aventura. En la soledad del despacho, Salvatore se rompe en sollozos.
Más tarde, los Corso y Glissendo entran en el almacén de la empresa familiar. Se dan cuenta de que la puerta había sido forzada, y al revisar los documentos allí guardados descubren que los justificantes de los pagos han desaparecido. Carecen de pruebas para demostrar que no tienen ninguna deuda.
Durante la tarde reciben la visita de Bruneberto Godaria, que se había hecho anunciar con unas horas de antelación. El mercader llega en un suntuoso carruaje, en compañía de dos de sus hombres de confianza. Uno es un extranjero, un enorme isleño del escudo, de cabello y barba rubio ceniza, con hacha y espada de aspecto pesado al cinto. No hace falta que me lo diga; este es el que le hace los números, comenta Francesco cuando se les presenta como Dagabrandur Dientes de Espada, escolta personal de Bruneberto. El otro individuo, de apariencia local, lleva una ligera capa sobre los hombros -prenda poco habitual dado el calor estival-, y al cinto una fina espada y una daga. Nunzio Catazara, mi asistente, menciona lacónicamente el mercader. Francesco reconoce el nombre, habiéndolo oído entre susurros en las peores tabernas de Altoranova. Se cuenta que Catazara es un hombre muy peligroso, un sicario muy hábil con la espada y la daga.
Bruneberto comienza ofreciendo sus condolencias y después pasa a hablar de negocios. Desea hacer una generosa oferta a cambio del patrimonio del negocio de Falbriano, lo que incluye barco y almacén, pero también los diarios de ruta y las cartas de navegación. Salvatore distingue que el bastón en el que apoya su mano el mercader está rematado por una pieza de joyería de factura similar a las que encontró su padre -pudo ver los dibujos que hizo de las mismas en el despacho-, lo que le hace pensar que Bruneberto debe de saber ya a estar alturas lo que ocurrió durante el viaje de regreso tras la tormenta al sur de Calamain.
Los Corso rechazan la oferta. Bruneberto se ofrece a hacerles un préstamo a cambio de guardar los diarios y cartas de Falbriano en garantía, lo que también rechazan. En cierto momento Salvatore debe atemperar a su hermano Francesco, que parece cada vez más iracundo al pensar que Bruneberto podría ser el instigador del asesinato de su padre, y Nunzio Catazara la mano ejecutora.
Así que, poco a poco, terminan por convenir que su solución no puede llegar valiéndose de las leyes. Si su tío Taideo puede poner a Palmeria a salvo fuera de la ciudad, si logran reunir una tripulación de valientes, y si consiguen sacar el Faro Errante del puerto, quizá puedan usar los papeles de Falbriano Corso para realizar el viaje que él jamás pudo intentar, y regresar con las riquezas que su padre siempre sospechó que podría encontrar atravesando el océano.
***
Como mencioné al principio, esta sesión me dejó muy satisfecho. Los jugadores se metieron de inmediato en la historia y lo pasaron bien con las diferentes y numerosas interacciones que tuvo lugar a lo largo de las horas que dedicamos a esto. Yo mismo también disfruté mucho de estos encuentros. El contenido dramático, en dosis correctas y sin permitir que domine la partida -y mucho menos sin forzar la forma que desarrolla por razones de "ser lo narrativamente apropiado"- es la mejor especia que se puede añadir a la receta de una campaña, en mi opinión. Cuando los jugadores acaban sintiendo apego -o disfruten sintiendo odio- por alguno o algunos de los PNJ con los que sus personajes se relacionan habitualmente, es que algo se está haciendo bien.
Fue justo tras esta sesión cuando me di cuenta de que, durante la creación de los personajes debería haber recurrido a las reglas para tener dos profesiones, tal y como conté en esta entrada. La cosa es la siguiente: Francesco es, como clase, Guerrero. Salvatore es Montaraz (su enemigo predilecto son los piratas) mientas que Glissando es Bardo. Pero los dos hermanos Corso también son marineros, y su amigo de la infancia es un artesano de la madera, capaz de cuidar de un barco pero también de fabricar bellos instrumentos musicales. Las reglas simplemente no permitían reflejar esto bien.
En la mayoría de campañas de Fantasía Clásica esto no me ha resultado un problema. El Guerrero es un guerrero y se dedica a guerrear, no necesita más. Pero con un trasfondo más amplio y diverso, las clases "encajonan" a los personajes en unos papeles muy restringidos, y no les permiten ser otra cosa que lo que son estas clases, algo que pude observar durante la creación de los PJ, mientras los jugadores se las buscaban para poder tener algunas de las habilidades que sus profesiones -no sus Clases- requerirían. Lamentablemente no recordé aquella regla de Britania Mítica hasta que los PJ ya estuvieron terminados, pero por lo menos es algo que ya tengo claro como resolver si se vuelve a presentar en el futuro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario