martes, 14 de mayo de 2013

Espadachinas, de Robert E. Howard

Si alguien piensa que Bob Dos Pistolas sólo escribía sobre hombres con talento para la violencia, que apuraban la vida hasta el fondo sin preocuparse de las consecuencias de sus actos, se equivoca. Sus relatos también pueden tener como personaje principal a mujeres con talento para la violencia, que apuraban la vida hasta el fondo sin preocuparse de las consecuencias.

Bueno, sí, también hay otros personajes en sus historias, pero ya sabéis a qué me refiero.

Espadachinas (La Biblioteca del Laberinto, 2006) es una antología de relatos protagonizados por mujeres. Mujeres guerreras, en la mejor tradición de Howard. No tienen nada que envidiar en dureza ni en brusquedad a sus contrapartidas masculinas. Beben y matan y eso. Lo de amar, parece que ya no lo veía tan claro el autor texano. Por alguna razón, suelen ser muy castas, a pesar de una gran belleza. No la castidad de una monja, sino más bien la de una mujer que sólo es amante de la muerte. Así, espada en mano resisten los avances de cualquier hombre que pretenda tomarse más libertades de las otorgadas. Quizá Howard se sintiera incómodo otorgando la libertad sexual a un personaje femenino que tan alegremente concedería a otros como Conan. Tampoco estarían los tiempos para eso, imagino.

Pero el caso es que se trata de relatos de aventuras, no de crítica social. Y aventuras este libro tiene un rato. Mucha acción, por supuesto; batallas, duelos, persecuciones y un toque de magia negra. Como decía August Derleth sobre Howard: "Sus páginas chorrean sangre", pero al contrario que el señor Derleth, yo no creo que eso sea un defecto. Como lector, me gusta que en las escenas de lucha la sangre salpique. Y apenas se me ocurre a nadie que sea capaz de plasmar el tipo de violencia que relacionamos con la Espada y Brujería como el autor que es el mayor exponente del género.

Tras una introducción a cargo de Javier Martín Lalanda, el libro se divide en tres partes, cada una con el nombre de la protagonista femenina de turno.

La primera, tan extensa como las dos siguientes juntas, reúne los tres relatos que cuentan las aventuras de Agnès de Chastillon, "Agnès la Negra", una mujer de origen campesino que vive una dura existencia en la Francia del S. XVI. Enfrentada a un matrimonio concertado por su padre con alguien a quien la joven desprecia, su hermana le ofrece la que considera la única salida: Una daga con la que quitarse la vida antes que sufrir la amarga existencia de una mujer esclavizada por su despreciable marido.

Agnès tiene otra idea, pues considera que el corazón de su pretendiente es un lugar mucho mejor para hundir la hoja de la daga, y así lo hace cuando la llevan al altar. Después debe huir a todo correr, perseguida por su enfurecido padre. Perdida en los bosques, va encontrando a hombres que la tomarán bajo su cargo, a menudo con muy malas intenciones.

Pero no pasa mucho tiempo antes de que la muchacha descubra su inmenso talento para las armas, haciendo uso por primera vez de una espada en el que es uno de los pasajes de Howard que más me gustan. Una lucha salvaje y desesperada en una pequeña habitación contra cuatro adversarios.

Descubierta esta habilidad, hay quien la tomará más en serio y se dedicará a adiestrarla, convirtiéndola en una exótica mercenaria que se dedica a viajar por la Francia de su época viviendo aventuras y huyendo de poderosos enemigos que la quieren muerta.

Son tres los relatos que tienen a Agnès la Negra como figura central: La Espadachina, Espadas por Francia y La amante de la Muerte. El último de los relatos quedó inacabado por Howard y fue terminado años después por Gerard W. Page. Es el más flojo y también el único que presenta elementos sobrenaturales. Los tres están escritos en primera persona, pudiendo comprobar el lector la personalidad un tanto simple de la protagonista, que, la verdad, bordea la psicosis en algunas ocasiones.

La siguiente protagonista es a la vez la más famosa y casi la más desconocida de Howard. Sonya "la Roja" de Rogatino. En La Sombra del Buitre nos encontramos con el asedio de Viena por las fuerzas turcas de Suleimán. En realidad, el personaje principal no es Sonya, sino Gottfried von Kalmbach, un antiguo caballero convertido en mercenario y aventurero borracho y desencantado de todo. Durante la lucha contra los turcos conoce a la mercenaria pelirroja rusa, que odia a muerte a Suleimán y a su concubina favorita, Roxelana, que no es otra que la hermana de Sonya.

Por supuesto, Kalmbach queda prendado (por decirlo de alguna forma) de Sonya, y la persigue con cierta torpeza. La relación entre los dos personajes, donde el hombre es bastante más lento de entendederas que la mujer, da lugar a varias peripecias, algunas de ellas muy divertidas. Si bien los personajes no se encuentran entre los mejor perfilados por Howard, como trama de aventuras La Sombra del Buitre se encuentra entre sus mejores historias.

El último relato de la antología, La isla de la condenación de los piratas (parece el título de un módulo de D&D 4ª) resulta mucho menos inspirado que los anteriores. En esta ocasión la protagonista femenina es Helen Tavrel, aunque la historia se presenta en la primera persona de Vulmea, el Pirata Negro. Cortada por un patrón un poco menos aguerrido, o quizá menos rabioso, que Agnès y Sonya, Helen es una mujer pirata, y se mete en una trama de piratas que buscan el tesoro de un pirata. La historia es entretenida pero, como ya he dicho, me parece inferior a los relatos que la anteceden.

En fin, en la antología, las historias de Agnès son curiosas por presentar la perspectiva femenina (o todo lo femenina de lo que pudo ser capaz Howard) y en conjunto toda la antología lo es por mostrar mujeres fuertes, con carácter, en este tipo de tramas. No sólo Valeria o Bêlit pueden arrogarse esta fuerza, lo que puede sorprender un poco a un lector casual, que sólo haya leído algo de Conan. Yo, desde luego, no me esperaba estos personajes cuando leí el libro.

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