viernes, 24 de mayo de 2013

Crusaders of the Amber Coast (Sesión 12)


Abril de 1236

Ilustrísima:

La ciudad de Riga
Os envío esta misiva con el objeto de poner en vuestro conocimiento el desarrollo de la misión encomendada a este, vuestro humilde servidor, aquí, en las frías tierras bañadas por el Mar Báltico. Con la ayuda de Dios, la tarea encomendada se verá culminada con el éxito en un breve espacio de tiempo.

Siguiendo vuestras instrucciones, dispuse el tiempo necesario para reunir información acerca de los individuos a quienes se encargaría el trabajo de escoltar a Dominic de Marsella, el embajador de la Hermandad de la Espada que, en el momento de escribir estas líneas, ha zarpado recientemente de Riga siendo el destino final de su viaje la ciudad de Kulm, cuartel general de la Orden Teutónica en su cruzada contra los paganos prusianos.

Hallando esperanzadora la información referida a los dos nativos seguidores del monje caballero Marcus Adam von Lauterbach, decidí abordarles a ellos, en la creencia de que el hermano de la espada no sólo no prestaría atención a mis palabras, sino que se sentiría horrorizado por ellas. Su escudero Zemvaldis, así como Tekla, la criada y sanadora que les atiende y de la que corren rumores en Ascheradan que es una sacerdotisa de los falsos dioses paganos de esta tierra, resultaban ser un objetivo más accesible. Así que decidí abordarles a ellos con la propuesta. Tenía puestas mis esperanzas particularmente en Zemvaldis, que tiene alma de mercader y como tal, valora las riquezas más de lo que valora sus ideales. En varias ocasiones a lo largo de este frío invierno livonio, el escudero acudió a las instalaciones de la Hansa mercantil local, entrevistándose allí con uno de sus representantes, un mercader que responde al nombre de Lothar. Puesto que el tal Lothar es uno de los encargados de hacer acuerdos sobre las mercancías que, llegadas por el Daugava, abastecen los almacenes de la Hansa, parece que ambos debían conocerse, debido a que Zemvaldis es el encargado de negociar las ventas de mercancías reunidas en Ascheradan.

Decidí hablar primero con Tekla, y la muchacha me guió hasta su compañero. Juntos, los tres nos dirigimos a una taberna conocida por vuestro servidor, que sabía libre de oídos indiscretos. Allí les di la oportunidad de demostrar la sinceridad de su conversión a nuestra fe mediante un servicio para el Obispado de Riga, que, sin duda alguna, habría de recompensar con largueza tamaña muestra de lealtad. Tal y como esperaba, ambos mostraron su interés.

Procedí a explicarles el objetivo de su misión, hasta entonces desconocido para ellos. Les puse al tanto del desesperado intento del Herrmeister Volkwin von Winterstein, cuyo plan no es otro que el de solicitar el ingreso de la totalidad de la Hermandad de la Espada dentro de la Orden Teutónica, a fin de sanear las escuálidas arcas de la orden que gobierna, y obtener apoyos en una situación que sabe complicada. La Hermandad de la Espada se ha labrado una negra reputación estos años, y cuenta con numerosos enemigos, como bien sabéis.

Les expliqué también que el obispado no vería con buenos ojos dicha inclusión de la Orden Livonia en la Teutónica. No consideré necesario detallar a estos nativos desconocedores de los grandes acontecimientos que ocurren en nuestro mundo, que los caballeros teutones son gibelinos hasta el último de ellos, firmes partidarios del Emperador Frederick II Hohenstauffen en su continua disputa contra el Santo Padre, que no desea ver como aquellos que desafían la voluntad divina son encumbrados con el dominio de nuevas tierras, poder y riquezas. Que la Orden Teutónica quede donde está, luchando y desangrándose mutuamente con los paganos prusianos.

Así que les expliqué claramente que la misión diplomática en la que tomaban parte resultaba un error y, por lo tanto, debía fracasar por el bien de la Cristiandad. Los detalles sobre cómo se alcanzaría tal fracaso eran dejados a su ingenio, pero dejé bien claro que ningún daño debía ocurrirle al Hermano Dominic de Marsella. Si algún percance le aconteciera, la Hermandad de la Espada se limitaría a enviar un nuevo diplomático. No, la misión debía fracasar por completo a los ojos de la Orden Livonia tanto como a los de la Orden Teutónica.

Pienso que podemos confiar en el deseo de estos buenos conversos de complacer a la voluntad divina, ostentada por la Santa Madre Iglesia. O al menos, podemos confiar en su apetencia por la recompensa prometida.

Ahora los hielos invernales han desaparecido de la costa, y la ciudad está despertando del sueño en el que se había sumido los últimos meses. La coca que transporta a la embajada de la Orden Livonia hasta Kulm ha sido uno de las primeras naves en zarpar desde el puerto de Riga. Tan sólo resta esperar a que se cumpla la que, sin duda, es la voluntad de Dios.

Beso vuestro anillo,

Werther, hermano de la Orden de San Benedicto.

***

Gunther miraba agradecido a la joven livonia mientras se dejaba limpiar y vendar el corte del brazo que, aunque no parecía grave, sangraba profusamente. Después paseó la mirada por la cubierta de su barco.

La madera del suelo estaba roja de la sangre derramada. La lucha contra los piratas sambianos, aunque breve, había sido brutal. En los años que llevaba navegando aquellas aguas, y ya eran unos cuantos, Gunther había sufrido algunos percances, en ocasiones de gran violencia. Pero nunca estuvo más seguro de que su destino era caer a manos de las hachas de los paganos o terminar sus días como esclavo en algún oscuro asentamiento del interior de Prusia como aquel día, cuando avistaron la embarcación que, claramente, se dirigía contra la coca que capitaneaba. Con los remos sumados a las velas, sabía que no habría forma de dejarles atrás. Y los marinos de Gunther, aunque era gente ruda, hecha a las inclemencias y dureza de la vida en el mar, no eran guerreros.

Los únicos verdaderos hombres de armas que había a bordo eran el Hermano de la Espada Adam y su auxiliar livonio Zemvaldis. Al parecer, ambos estaban al mando de otro monje de la Orden Livonia, de los llamados capas grises, aquellos entre cuyos cometidos no estaba el combatir. Dominic de Marsella, se llamaba. Un franco que, al ver como se acercaban los piratas, fue presa del pánico y comenzó a aullar órdenes de rendir la nave, prohibiendo cualquier intento de defensa, que consideraba condenado al fracaso.

Los marinos, desmoralizados por las palabras del monje, vieron sorprendidos como, a una orden de Adam, Zemvaldis sujetó con fuerza a Dominic, llevándolo bajo cubierta y dejándole allí, atado y amordazado. Mientras, la joven que acompañaba a los miembros de la Hermandad de la Espada entonó unas palabras… Gunther juraría que lo que había hecho era brujería pagana, pero no pensaba acusarla. El terror que se estaba apoderando de los marinos debido a las palabras de Dominic se desvaneció como por ensalmo (y puede que así fuese), y todos prestaron oídos al Hermano Adam cuando les ordenó armarse y prepararse para defenderse.

Con sus superiores armas, armaduras y adiestramiento, Adam y Zemvaldis soportaron lo más reñido del combate, con los marinos cubriendo sus flancos, tratando de no verse desbordados por los piratas cuando estos finalmente alcanzaron la embarcación y, tras golpear proa con proa, lanzaron arpeos para pegar las bordas de ambas embarcaciones.

Los dos se desempeñaron espléndidamente en la lucha. Con su espada rebosante del favor divino que Adam había pedido en sus oraciones, el hermano de la espada dio cuenta de casi media docena de asaltantes, que caían a su alrededor con sus entrañas derramadas por la cubierta, compartiendo espacio con los miembros cercenados y la sangre vertida.

A no mucho tardar, los piratas se dieron cuenta del error que habían cometido y trataron de regresar a su embarcación para huir. Pero ya era tarde. Adam y Zemvaldis saltaron al barco de los paganos y allí siguieron la lucha hasta que los pocos supervivientes de la tripulación pirata depusieron las armas y se sometieron a la merced de quienes iban a ser sus víctimas.

Ahora, Tekla atendía a los heridos. Tenía buena mano para las artes curativas, eso saltaba a la vista. Los marinos que, al verla embarcar, mostraron su descontento por la presencia de una mujer a bordo, ahora le daban torpemente las gracias. Por suerte, sólo un miembro de la tripulación estaba más allá de sus cuidados, un sueco cuyo cuello había sido atravesado de una lanzada. Podía haber sido mucho peor, se recordó Gunther.

Ahora, cercano ya el puerto de Gdansk, en el que los pasajeros desembarcarían para proseguir su viaje remontando el Vístula hasta Kulm, el barco dejaba atrás a su perseguidor, abandonado tras prenderle fuego. En la bodega, los piratas supervivientes aguardaban a ser entregados a las autoridades de la ciudad.

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