sábado, 13 de agosto de 2016

Alejandro Magno y las Águilas de Roma, de Javier Negrete

Minotauro publicó en 2007 esta ucronía que sería, hasta la fecha y salvando la conclusión de la saga de Tramórea, la última incursión del autor en el campo de la fantasía de corte más clásico.

¿Y si Alejandro no hubiese muerto en Babilonia, víctima de sus excesos o del veneno? ¿Y si, tras superar ese momento, su mirada se hubiese vuelto hacia occidente, con miras a conquistar a la más pujante potencia militar habida al oeste de Grecia? ¿Y si el genio militar macedonio se hubiese medido contra el poder y la determinación de Roma?

Esa es, de forma resumida, la premisa principal e inicial de la novela. Alejandro no muere del modo en que lo hizo históricamente, sino que resulta salvado en el último momento gracias a la aparición de un misterioso sanador venido a toda prisa desde Delfos, como si supiese de antemano el peligro que correría el monarca macedonio. Y la historia cambia de curso.

Unos pocos años más tarde, un Alejandro de costumbres mucho más mesuradas -no le pega tanto al vino, vamos- decide que ha llegado el momento de poner sus ojos sobre la península Itálica , y allí dirige sus ejércitos, para enfrentarse a Roma, un poder en auge -aunque todavía muy lejos de su apogeo-, en una campaña que hace que los ojos de todas las naciones del Mediterráneo contengan la respiración hasta ver quien resulta vencedor en semejante contienda.

Con este telón de fondo, se desarrollan muchas otras tramas secundarias, algunas de las cuales no quedan completamente desveladas, pues era intención del autor publicar un segundo libro que continuase y cerrase toda la historia. Pero no hay que preocuparse, todo lo importante de esta novela queda resuelto.

Tenemos, por ejemplo, las intrigas de la corte de Alejandro, en la que casi todos disputan por el favor del rey, aunque hay otros que guardan intenciones mucho más funestas, o que simplemente intentan cumplir con su labor y mantenerse alejados, infructuosamente, del nido de víboras. que le rodea.

Por otra parte, la forma en que se presenta Roma es muy distinta. Existen sus rivalidades y sus contiendas por la cursus honorum, pero el autor incide mucho más en el carácter unido y determinado de la sociedad romana, esa cualidad que les permitió reponerse a algunos terribles reveses y seguir en la lucha, con plena intención de no detener una guerra hasta la propia destrucción o la derrota y rendición del enemigo en términos dictados por los propios romanos.

Pero como el desarrollo de la novela resulta más satisfactorio si podemos poner un rostro al rival de Alejandro, Negrete se saca de la manga un personaje más o menos inventado. Y es que se trata de un miembro de la prestigiosa familia de los Julios, llamado Cayo...

En realidad, la aparición de este último personaje puede guardar relación con alguno de los elementos fantásticos que se incluyen en la novela. En determinado momento se explican ciertos acontecimientos que apuntan a la existencia de la metempsicosis, con lo que se puede dar explicación a algunas cuestiones planteadas en el libro.

No es el único detalle de fantasía incluido. Cierto objeto que está en posesión de Alejandro va a remitir al lector directamente hasta otra de las novelas de Negrete, Señores del Olimpo. Y otro misterioso personaje, que oficia como Rey del Bosque siguiendo la tradición descrita en La Rama Dorada, también deja pistas de tener un pasado muy interesante.

La novela está bien escrita, documentada y amena. Los capítulos dedicados al desarrollo de alguna batalla -que no son tan frecuentes- resultan vívidos y nítidos, permitiendo que nos hagamos una buena idea de lo que está ocurriendo a la vez que no nos olvidamos de la espantosa experiencia que supone para los combatientes. En fin, que una lectura entretenida y recomendable. Tan solo me gustaría saber si efectivamente, habrá en algún momento esa segunda y última parte que nos prometen en las páginas finales del volumen.

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