jueves, 3 de diciembre de 2015

Ciclo de Xoth (Sesión 8)

Tras varios meses, ha habido ocasión de retomar estas partidas. Lo bueno del asunto es que, puesto que las aventuras van compartimentadas, autoconclusivas, la pausa de cuatro meses no ha significado perder el hilo. Más que nada porque dicho hilo no existe, claro.

Hasta el momento, todos los escenarios estaban más o menos encadenados geográficamente, siendo muy fácil establecer la conexión entre uno y otro mediante algún viaje, o simplemente porque ocurrían en la misma población. Pero hay un salto entre el quinto y sexto escenario que vuelve complicado pasar de uno a otro. Así, para dejarlo todo bien preparado para el momento de comenzar The Vaults of Yigthrahotep, he comenzado a dirigir un escenario propio. En absoluto original, pero tampoco hay nada que destripar por aquí.


USUL EL GLADIADOR

Usul desciende de las tierras altas de Khorsul hasta las más agradables llanuras de Taraam, en busca de un mal lugar en el que aligerar su bien llena bolsa. Pasa una temporada en Achad, capital de la poderosa Taraam, que recibe tributos de sus vecinos Susrah y Nabastis para impedir que sus jinetes arrasen las ciudades de dichos países. El nómada del desierto gasta a manos llenas su oro en mujeres y bebidas, pero también en el juego...


La noche está siendo propicia para Usul, que ha visto como el montón de sus ganancias va aumentando considerablemente. Es un establecimiento en el que se juega mucho y fuerte, con apuestas que pueden enriquecer a un hombre o dejarle en la miseria en un abrir y cerrar de ojos. El encargado de la mesa, vestido con solo un paño de lino a modo de taparrabos, lanza los dados -que se dice, han sido tallados con los huesos de jugadores que no pagaron sus deudas-, mientras la mezcolanza de jugadores de todo tipo hacen sus apuestas.

Frente al nómada hay un joven que, a juzgar por la seda y las joyas con las que viste, debe de pertenecer a la nobleza. Ha perdido ya mucho esa noche, pero no parece importarle, quizá por la cantidad de vino que, copa tras copa, no para de trasegar mientras mira y trata con desprecio a quienes le rodean. Tras él, un hombre alto y ancho de hombros, armado con espada, le guarda las espaldas, asegurándose de que nadie pueda responder a las ofensas del noble.

Con la última partida, Usul ha acumulado una buena cantidad más de monedas a costa del joven, que parece decidido a seguir jugando, a pesar de que su bolsa parece ya vacía. Apuesta, contra el total acumulado en la mesa por Usul, su espada, con empuñadura de oro y gemas. Usul acepta, y juegan una nueva partida. La suerte, repentinamente, parece dar la espalda al nómada, que ve como los dados favorecen repetidamente al noble, hasta que su pequeña fortuna cambia de manos. Pero no se le han escapado a Usul las miradas que su rival, algo más que un poco borracho y henchido de su victoria, echa al encargado de la mesa. El nómada es rápido en reaccionar; con gesto veloz toma los dados antes de que puedan ser retirados, y los comprueba. Haciendo presión sobre ellos con su prodigiosa fuerza, los hace pedazos, rebelando la pequeña plomada que favorecía ciertos resultados. Se hace el silencio en torno a la mesa.

El noble echa mano a su enjoyada espada, dispuesta sobre la mesa, y arremete con cierta torpeza contra Usul. El nómada agarra el brazo de su atacante, apretando hasta que suena el crujir de huesos, mientras el guardaespaldas se abre camino hacia él, espada en mano. Usul lanza al tramposo contra la mesa, haciéndola pedazos y saltando por los aíres todas las monedas de oro y plata. Recibe entonces un fuerte golpe en la cabeza propinado por la hoja del guardaespaldas, que habría matado a un hombre más débil. Pero el nómada se limita a agitar la testa mientras desenvaina su propia cimitarra.

Es en ese momento cuando se abre violentamente la puerta del garito, y una patrulla de guardias entra en tromba. Los parroquianos, que un momento antes se afanaban en recoger las monedas caídas por el suelo, salen huyendo de los golpes que los guardias comienzan a propinar con sus mazas. El oficial al mando ordena a los dos hombres -Usul y su contrincante- que arrojen sus armas. Superado por mucho en número, el nómada no ve otra salida que dejar caer su cimitarra y dejarse sujetar por los guardias. Mientras, el guardaespaldas grita: "¡Soy el protector del hijo de Lord Tarbal, magistrado de la ciudad. Este salvaje ha agredido a mi protegido!".

Los guardias inspeccionan la mesa, encontrando el cuerpo del joven noble. Pero cuando le dan la vuelta, encuentran que tiene su propia daga clavada en el pecho. A una orden del oficial de la guardia, visiblemente nervioso por lo ocurrido, el prendido Usul es llevado a los calabozos de la ciudad, situados junto al cuartel de la guardia.

Allí, el magullado nómada pasa un día completo, sin que nadie se moleste en darle de comer o de beber. Tras ese tiempo, unos guardias entran para aherrojar a Usul antes de hacerle caminar por un largo pasillo que le conduce hasta una gran sala en la que hay una pequeña multitud. Un individuo se afana en apuntar todo lo que se dice, sobre todo lo que dice otro hombre que parece estar al mando, sentado sobre un estrado y vestido con una toga que parece delatar algún cargo especial. Se trata de Lord Tarbal, magistrado de la ciudad. Usul va a ser juzgado por el padre del hombre al que se le acusa de haber asesinado.

Evidentemente, el juicio es rápido. El nómada, que no se ha mordido la lengua con sus comentarios sobre el noble borracho y tramposo, es declarado culpable y condenado a morir en la arena de la ciudad. Entre gritos e insultos de los asistentes Usul es retirado de la sala. Mientras le conducen de vuelta a su celda, uno de los guardias se permite hacer un comentario: "No envidio tu destino, salvaje del desierto. Seguro que la Dama Ouranda tendrá que preparar algo especial para ti". Usul le responde con despreocupación, aunque en su interior no las tiene todas consigo.

Tras unas horas más en su celda, el nómada es sacado de allí y llevado a un carro, poco más que una jaula con ruedas de la que tiran dos bueyes. Allí en amontonado con otros condenados por la justicia de Achad, destinados a encontrar la muerte en la arena. Se repite el comentario sobre la Dama Ouranda, esta vez en manos de otro condenado.

Los reos son llevados a los subterráneos del enorme circo en el que se celebran los sangrientos juegos con los que disfrutan los taraamitas. Son llevados a una enorme celda en la que se hacinan otros condenados sobre un suelo alfombrado con paja vieja, llena de orina y heces. Les ofrecen una última comida, consistente en un pútrido engrudo que un esclavo saca con sus propias manos de un cubo antes de ponerlo en unos cuencos de madera. Usul, que ha comido cosas peores, no le hace ascos a lo que, después de todo, parece comida. No así el hombre junto al que se ha sentado, que mira con asco su cuenco, mientras murmura: "Algo bueno tiene que tener morir pronto", para después ofrecérselo a Usul, quien se ha quedado con hambre. Pronto ambos entablan una conversación. El otro se llama Dabel, y está allí por ciertos problemas, según cuenta, "Ay, si el mercader de sedas no hubiese llegado tan pronto, o si su esposa no hubiese sido tan indiscreta con nuestro pequeño asunto".

Por encima de ellos suena, muy embotado, el sonido de la multitud aullando. De vez en cuando unos guardias entran y señalan a tres o cuatro condenados para que les acompañen. Suenan más gritos de júbilo de las masas que contemplan los juegos.

Finalmente Usul y Dabel son elegidos junto a algunos más. Son conducidos por los pasadizos situados bajo la arena del circo, y antes de ascender por la rampa que les conduce a la superficie se cruzan con los esclavos que arrastran los restos sanguinolentos de sus predecesores. Después se reúnen con otros condenados. Entre ellos resulta estar el fallido guardaespaldas del noble. Parece que Lord Tarbal no ha sido clemente con su fracaso, y ha sido condenado al mismo destino que el nómada. Todos juntos salen a la arena, recogiendo antes las herrumbrosas espadas que les proporcionan en el umbral.

Fuera, tienen que hacer un esfuerzo para no quedar cegados por la luz del día. Queda claro que la muchedumbre ha sido preparada para recibir a Usul, pues a su entrada el nómada es recibido con abucheos y gritos de la multitud que exige su cabeza. Frente a los condenados hay un grupo de hombres bien armados, aunque sus armaduras parecen haber sido forjadas teniendo más en cuenta los criterios estéticos que una verdadera protección. Mientras Dabel se pone a la espalda de Usul, y lucha contra uno de los gladiadores, el nómada hace frente a dos adversarios, uno de ellos porta espada y rodela, el otro un tridente.

El nómada tiene ciertos problemas con su arma, además de la mala calidad de la misma está poco acostumbrado al manejo de espadas de hoja recta. Pero se las apaña bien, abalanzándose contra el gladiador de la espada y el escudo, quien se limita a defenderse mientras su compañero intenta atravesar a Usul con su tridente. Pero el nómada es rápido, y tras el intercambio inicial de golpes y entrechocar de aceros, descarga un tajo tan brutal como preciso. El cuerpo de su rival todavía da un par de pasos antes de derrumbarse mientras suelta sangre a borbotones por el muñón de su cuello, con la cabeza cercenada a unos metros de distancia.

Pero el gladiador del tridente también es rápido, y hunde las puntas de su arma en el abdomen de Usul, alojando ahí el arma. El nómada intenta acertar con su espada, pero su rival es rápido y hábil hurtando el cuerpo mientras remueve el arma en la carne del khazistaní. Pero finalmente Usul se impone y de otro poderoso golpe amputa una pierna del gladiador.

Se arranca las puntas mientras observa como un nuevo contrincante corre hacia él armado con un hacha enorme. Arroja el tridente que todavía gotea con su propia sangre, pero el lanzamiento sale muy alto. Así que se dispone a luchar con el nuevo gladiador. Está en problemas y lo sabe. Aunque ha cambiado su espada herrumbrosa por la del combatiente descabezado, sabe que su acero no podrá para los poderosos golpes del arma de su contrincante. Tendrá que confiar en su habilidad para esquivar el hacha.

La situación parece desesperada. El otro sabe blandir con habilidad su arma, y Usul es consciente de que no podrá evitar siempre sus ataques. Pero un movimiento particularmente habilidoso por su parte le da la ocasión de pisar el asta del hacha contra el suelo, inmovilizándola. Mientras el gladiador trata de liberar el arma, Usul descarga un potente tajo que le deja moribundo en el suelo.

La masa ruge enfervorecida por el espectáculo. Solo Usul, Dabel, y el guardaespaldas -que se llama Yatim, y que ha despachado también a tres adversarios- han sobrevivido a la lucha. Entre las ovaciones de la multitud son conducidos de nuevo al interior de la arena. Usul arroja por los aires su espada antes de salir con los brazos en alto en gesto de triunfo. Aunque está demasiado lejos como para poder distinguir nada entre la tribuna de honor, puede sentir el odio con el que Lord Tarbal le observa mientras se retira.


***


Es curioso como algunas historias, trilladas a más no poder en novelas y películas, pueden parecer casi novedosas cuando son usadas en otros medios. En mi caso, el tema este de los gladiadores no ha sido nunca explotado en partidas, ni como jugador ni como director de juego -apenas he jugado a Dark Sun, por ejemplo, donde este era un elemento importante-, así que incluso un montón de tópicos como los que llenaron la sesión anterior tuvieron su gracia. Aunque solo fuese por imitar los gestos y la actitud de algunas de estas historias.

La sesión fue corta, un par de horas a lo sumo. Pero claro, con un único jugador eso da para mucho. En realidad, aunque hemos jugado sesiones más largas, me he dado cuenta de que suele ser mejor, en esos casos, poner algún descanso de por medio, pues tanto el director de juego como el jugador han de estar atentos de forma contínua al desarrollo de la partida, y eso puede cansar pronto.

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